Fuente: Pro Mujer Bolivia

Wendy Muñoz Ponce de Sucre, mecánica, 28 años.

El ambiente en el que Wendy Muñoz nació y creció era adverso para los sueños de cualquier niña. Desde sus ocho meses, conoció la violencia a través de un padrastro agresivo. Su madre tuvo otros hijos, pero se sacrificaba particularmente por Wendy, quien al ver su dedicación, decidió colaborarla trabajando desde que cumplió su octavo añito. Desde tan tierna edad hasta sus 16 años, Wendy estudiaba y hacía de todo para subsistir: descamaba pescados en el mercado, cargaba bolsas, fue niñera, ayudante de cocina, incluso vendía globos para carnaval. De pronto se vio embarazada y tuvo que dejar los estudios. Wendy nunca dejó de soñar.

A sus 18 años, siendo una joven madre, dio su primer paso para alcanzar sus metas: obtuvo un pequeño crédito de Pro Mujer, que le sirvió de capital para montar un puesto de venta de autopiezas. La vida comenzó a sonreirle y nació su segunda niña. Sin embargo, Wendy confiesa que era víctima de violencia por parte de su pareja, sufrió agresiones físicas y psicológicas, las cuales soportaba estoicamente “por sus hijas”.

Afortunadamente, Wendy continuaba su crecimiento como madre y mujer empoderada. Trabajaba como mecánica, oficio que aprendió del padrastro. Un día, después de haber sido maltratada por su marido en estado de ebriedad, se dijo: “puedo salir adelante sola, tengo manos, tengo pies; mis hijas son mi fortaleza y por ellas me levantaré”, definió transformar su vida, tomó impulso y decidida  camino hacia sus sueños.

Se convirtió en líder de su Banca Comunal, sintió el cariño y confianza de sus compañeras, lo cual la motivó a seguir avanzando. La madre de Wendy y su ex suegra eran clientas de Pro Mujer; ella decidió adquirir un crédito, con el que compró un auto en el que también trabaja como taxista. Hoy Wendy se siente satisfecha y realizada. Está segura que hombres y mujeres son iguales, “lo que el hombre puede, también la mujer; pero podemos hacerlo mejor porque somos más detallistas”, indica orgullosa mientras termina de montar un motor.

Wendy sabe que el camino que le falta por recorrer es largo; si bien ya alcanzó varias metas, sigue soñando. Desea culminar sus estudios de mecánica y poder reparar tractores.

Ella dice que es feliz en Pro Mujer, que aprendió que no hay imposibles y que la mujer puede surgir en la rama que elija. El sueño más grande de Wendy es que sus hijas estén orgullosas de ella y ser un buen ejemplo. Esta extraordinaria mujer, que pasó necesidades desde pequeña y fue víctima de violencia supo levantarse, está cumpliendo su anhelo más grande.

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