Fuente: Pro Mujer Bolivia

Sonia Vargas Siñani, de Cochabamba, armadora de altares, 52 años.

“Yo viví en mi propia sangre el ciclo de la violencia”, confiesa la decoradora de altares Sonia Vargas. Esta incansable luchadora fue víctima de agresiones por parte de su marido. Ella recuerda: “Mi niñez transcurrió hermosa en mi centro minero; teníamos todos los medios para vivir, mis padres nos dieron buena educación, el saber vivir, pero por sobre todo nos dieron ejemplo de entendimiento: ellos se llevaban bien”. Llegaron vientos fuertes de cambios para su vida, su padre fue relocalizado y la familia se mudó a Cochabamba. Ella junto a su hermano mayor, se quedó a terminar el colegio, fue entonces que conocieron las carencias. Este periodo no fue largo y fueron a reunirse con su familia. Sonia trabajaba como capacitadora y conoció a un hombre encantador y trabajador. Ella, que conocía lo que era un matrimonio sólido, comenzó su propio calvario al casarse.

“Todo cambió y empezó la violencia, los gritos, las manos (golpes). Tuve que separarme para evitarlo. Pero volví. La situación no mejoró, al contrario, fue aumentando. Siempre digo que la violencia no debería existir: estamos bien dos días, vuelve a agredir, pensamos que no va a volver a hacerlo pero no es así, vuelve a repetirse con más fuerza. La mujer no debe callar ni aguantar, yo lo hacía por mis hijos, pero es falso, debemos abrir los ojos. Yo les hablo con el corazón, con estas lágrimas. No quisiera que nadie esté en mi lugar”, narra con profunda congoja la señora Sonia y hace un pedido: “señoras, por favor, no oculten lo que están viviendo, recomiendo que no callen y denuncien”.

Luego de secarse las lágrimas, Sonia continúa con su relato: “me quedé sola con mis cuatro hijos. Conseguí un capital de Pro Mujer con el que compré plásticos. No me importó ser vendedora ambulante por las calles. Me enfermé, me diagnosticaron diabetes. No me quedé abajo, seguí luchando por mis hijos que eran pequeños. Fui padre y madre y me superé con el apoyo de Pro Mujer, institución que conocí por curiosidad y necesidad, me llamó la atención sus poleras rojas en carnaval, averigüé, ingresé y encontré esperanza de vida”. Sonia afirma: “Pro Mujer está velando por el bienestar de la mujer”, ella aprendió que hay que progresar y ser alguien en la vida. Indica que la institución le dio un empujón para lograr las metas que no podía cumplir y que aprendió a valorarse como mujer, “ahora puedo gritar quién soy yo, gracias a Pro Mujer”.

Hoy Sonia es una mujer próspera que trabaja armando altares para santos. Está feliz porque le llega mucho trabajo y es reconocida en el rubro. Aprendió el oficio de su madre, quien le heredó platería potosina. Sus hijos están felices y también sus clientes, lo cual la anima a crecer más. Sus experiencias le dejaron mucha sabiduría: “jamás la mujer debe humillarse, Bolivia tuvo una mujer presidenta, es un ejemplo. No vamos a bajonear a los hombres, tampoco nos quedaremos abajo. Todos podemos luchar. Quiero enseñar lo que aprendí en la vida: ¡la mujer debe saber lo que vale!”.

 

 

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