Fuente: Página Siete
Esther (nombre convencional) tiene 38 años y cinco hijos con los que vive  en una pequeña habitación. Nacida en una familia numerosa, creció en hacinamiento, pobreza y violencia. A sus 12 años fue abusada por su padre y poco después, echada a la calle.   No quiere que la historia se repita.
Gloria (nombre ficticio)  llegó de Santa Cruz con sus seis hijos   en busca de su esposo. Hace dos años  él le obligó a vender todo lo que tenían allá y  la dejó con la promesa de construir un nuevo hogar. Cuando la familia se reunió en La Paz, no había nada. Mientras ella trabajaba a cambio de comida, una de sus hijas fue abusada y poco después todos acabaron en un albergue.
Gloria vende gelatinas y Esther recoge cartones y  el poco dinero que ganan no siempre alcanza para alimentar a sus hijos. En ambos casos, los niños han dejado la escuela en busca de trabajo.
“La pobreza acarrea otros problemas. Estamos hablando de padres con seis o siete hijos que viven en una sola habitación. En este hacinamiento puede haber abuso sexual, deserción escolar, analfabetismo y familias en  situación de calle”, señala el  director ejecutivo de la Fundación Arco Iris, Jorge Toledo.
Desde hace 11 años, Arco Iris lleva adelante el proyecto   Apoyo Social Familiar, con el que  brinda un subsidio alimentario mensual equivalente a 200 y 300 bolivianos  a 150 familias que viven en la extrema pobreza. En más de una década, la fundación ha atendido  1.650 casos, entre ellos los de Esther, Gloria y sus hijos.
Más historias como la de Eva
De acuerdo a datos oficiales, la pobreza extrema en Bolivia se redujo del 38,2% a 16,8% entre 2005 y 2015. Pese a ello, informes de la Organización de las Naciones Unidas  (ONU) establecen que en el país aún se registra  pobreza “moderadamente alta”. Hace dos semanas, la muerte de la niña de 12 años Eva Quino a causa de desnutrición y hambre   conmocionó a la ciudadanía.
“El caso de Eva ha mostrado  la realidad de la pobreza y el acceso a la alimentación en Bolivia. La historia de esta niña es cruda y  en  el proyecto de Apoyo Social Familiar  sabemos de otras historias iguales -señala Toledo-. Se precisan políticas claras y conjuntas contra la pobreza  pero también,  la concienciación  y sensibilización de todos”.
En 11 años de trabajo con  personas en situación de pobreza, el programa solidario de Arco Iris ha establecido ciertos rasgos comunes en las familias vulnerables: son numerosas (están compuestas por seis o más hijos) y  el 80% son monoparentales (generalmente encabezada por  la mujer).
La trabajadora social del proyecto, Mabel Jiménez, aporta otro dato: el 40% de las familias que reciben ayuda tienen uno o más niños con  discapacidad física o mental. “Ya sea por accidente, mal congénito o enfermedad. Otros tienen epilepsia y, al igual que Eva,  no reciben tratamiento”, dice.
Con tristeza recuerda que hace algún tiempo otra pequeña murió por falta de tratamiento y comida. “Ella fue enterrada sin que nadie conozca su historia”.
La primogénita de Esther  no murió. Hoy tiene 22 años, pero parece un bebé en el cuerpo de una niña de 10  debido a una parálisis cerebral congénita. “Cuando nació estábamos en la calle sin comida. Como no tenía leche para que no se muera le daba hasta mi orina”, relata la madre.
Ese fue el inicio de un ciclo que se repite. “Después conocí a mi esposo y tuve dos hijos más. Empecé a vender rellenos y todo iba bien, hasta que mi segunda hija murió y a su padre le dio depresión. Nos fuimos al interior para  olvidar, pero allá él empezó a maltratarnos”, lamenta.
Tuvo otros dos hijos y dice que para la menor tuvo que “prestarse” un apellido que le permitiera  acceder al subsidio de lactancia. “Mi esposo tomaba delante de mis hijos y hasta intentó matarnos, por eso volvimos a La Paz, otra vez a la calle, hasta que mi madre me dio un cuartito”.
Esther debe atender a su hija discapacitada y  no puede conseguir trabajo fijo. Con ella a la espalda -porque su silla de ruedas prestada ya está rota- sale por la noche a recoger cartones y botellas de plástico.
Una responsabilidad de todos
Cuando Gloria dejó a su esposo estuvo un tiempo en la calle y luego fue a un albergue temporal. Allí conoció a una señora que en un terreno de una zona lejana de El Alto le dio una habitación. “El muro se cayó, lo estoy arreglando”, cuenta ahora.
Allá,  en un cuarto, tienen dos camas para los seis hijos y la madre. Gloria ha hecho todo lo posible para que sus niños  sigan estudiando, aunque la escuela a la que asisten es igual de precaria que su casa. Cuando los inscribió  le advirtieron que no había mobiliario y que ella debía arreglarlo o conseguirlo, pero no pudo. Ahora sus hijos comparten el pupitre con otros tres alumnos.
“No hay datos precisos de dónde está la pobreza. Así como hay zonas identificables, al lado de un edificio puede haber una familia en extrema pobreza. La sociedad  invisibiliza a esta población. Con los años hemos identificado tres sectores de gran prevalencia:  El Alto,  La Paz y el Sur, por Río Abajo, y las laderas de la Periférica”, explica el director de Arco Iris.
La fundación  trabaja con las parroquias, la Fiscalía, la Defensoría, Misión Internacional  y los  beneficiarios para identificar a  las familias que precisan apoyo. El programa solidario cuenta con un equipo interdisciplinario de siete personas .
La ayuda no sólo consiste en alimentos. “Es fundamental  empoderar a estas  familias con la escuela de padres, información sobre métodos anticonceptivos, ahorro, género  y capacitación laboral para que creen un proyecto de vida”, explica coordinadora del proyecto, Mery Beltrán.
Las familias reciben provisiones y medicamentos que los seguros no cubren, sobre todo en el caso de  discapacidad. Los niños tienen  apoyo escolar en centros infantiles. En un lapso, que va de uno a tres años, dependiendo del caso, las familias vulnerables empiezan a recuperarse.
“Vemos resultados, es posible cambiar la realidad sin invertir millones de millones de dólares; se
trata de ponernos todos de acuerdo en políticas claras e integrales”, asegura Toledo. La fundación quiere llegar a más de 150 familias anuales, pero para ello requiere más recursos.
 En busca de alternativas
Gloria y Esther empezaron en el programa hace algunos meses, pero su situación aún es crítica.
Los hijos de Gloria la ayudan a vender frescos o gelatinas. Quieren volver a Santa Cruz. No conocen las calles de El Alto y menos las de La Paz y se sienten solos. “Nos dicen cambas, como si fuera algo malo”, coinciden el más grande al más pequeño.
“Hay muchas familias como la de  Eva en las que los miembros  quieren dejarse morir por falta de apoyo y cariño. Podemos, todos juntos, hacer que encuentren la luz y tengan esperanza. Ese fue un caso en el que todos fuimos responsables”, sostiene el director de Arco Iris.

Una silla de ruedas y una cafetería,  sueños para no dejarse morir

“Desde chica, antes de  quedar en la calle mi sueño  era ser cocinera. A veces no sé qué más hacer con esta vida,  pero siento que ese sueño aún esta ahí y tal vez algún día  pueda  cumplirlo”, comenta doña Esther.
Sueña en voz alta. Dice  que quiere abrir un restaurante “y que mis hijos lo atiendan conmigo”. Con su trabajo comprará una silla de ruedas nueva para su pequeña “y todo quedará atrás”, asegura,  y por un breve  momento sus ojos brillan y en su rostro se muestran sus dientes  en una media luna. “¿Hasta cuándo me tocará sufrir?”, se  pregunta y su sonrisa se vuelve a esconder.
 El pasado 16 de marzo, la niña  Eva Quino fue encontrada sin vida en El Alto, víctima   del hambre. Su pequeño cuerpo descansaba inerte en medio del sueño de sus hermanos y  progenitores que se hundían en una profunda depresión. Sin ayuda, apoyo y sin ver un futuro, juntos se habían rendido ante la extrema pobreza que los consumía.
“Recién estoy empezando  a pensar en un plan de vida”, expresa Esther.  Al igual que los Quino,  ella y todas las familias que viven en extrema pobreza presentan signos de depresión.
“Ya en las evaluaciones psicológicas identificamos este problema. Y es necesario cambiar la actitud de las familias para que no se dejen vencer”, señala la trabajadora social del proyecto de ayuda familiar de la Fundación Arco Iris, Mabel Jiménez.
Para ello, además de entregar  víveres, el programa  solidario  capacita a las familias en oficios. El apoyo  marca la diferencia entre dejarse vencer o no.
“Yo sueño con volver a Santa Cruz. Con construir junto a mis hijos  un cuarto grande para todos nosotros y poder tener un negocio para poner en práctica la repostería que estoy aprendiendo. Por mis hijos tengo que poder cumplirlo”, asegura Gloria.
El más pequeño  de sus hijos sonríe y acota: “Vamos a tener una cafetería, mami”.
Animada, asegura que está tomando los cursos que le brinda la Fundación Arco Iris para especializarse y mejorar su trabajo. “Voy a tomar también los cursos de tejido. Cuando  vuelva a Santa Cruz solo en invierno va a salir, pero mientras este aquí en La Paz voy a vender bien”, asegura.
Una silla de ruedas y un restaurante para la familia de Esther  y una cafetería para la de  Gloria  son parte de los sueños que  albergan en su corazón para no dejarse vencer. En ellos se ven a sí mismas contentas en compañía de sus hijos en mejores condiciones de  vida para todos.

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